Feliz día internacional del niñ@

20 de Noviembre, Día Internacional del Niñ@.

1. ¿Qué cabe en una mano? Os invito a mirar vuestra mano y pensar en lo que cabe en una mano – una pelota, un monedero, un bolígrafo?

En Uganda… cabe una vida

Casi todos conocéis ya a Patricia y cómo llegó a Malayaka House. Ahora Patu tiene 3 años, toda la energía e inteligencia del mundo, es resuelta, alegre, feliz, bailarina, y lo mejor es que tiene toda una vida por delante y un futuro esperanzador.

2. ¿Qué hay detrás de una gran deportista? Os invito a pensar en ejemplos que conozcáis, su cuerpo, sus facciones, su fuerza… ¿os parece que esta niña que venía de otro orfanato donde había pasado hambre y sufrido maltratos durante años podría ser la “pinta” de una jugadora de rugby?

¿Y ésta?

Es Juliet, tiene 18 años, vive en Malayaka House, estudia para ser chef y juega en el equipo nacional de rugby. Ha salido de Uganda cuatro veces para jugar para su país y tiene un futuro prometedor en este deporte, y una garra, una fuerza y una personalidad arrolladoras.

3. ¿Ahora, os creeríais la historia de una niña a la que el destino hizo que su mejor suerte fuera tener un accidente de moto y casi perder un pie? Una niña de 9 años que iba montada en un “boda-boda” (moto que es el método de transporte local) con un conductor extraño que cuando la policía le paró tras el accidente dijo que le habían encargado llevar a esa niña a un sitio remoto, a lo que parecía iba ser un ritual de magia negra en el que la niña iba a morir. La policía llamó a Robert y Viola fue la segunda en llegar a Malayaka House. Salvó el pie y la vida, y ganó una familia y un hogar.

Viola hoy tiene 21 años, cursa su 2º año de Universidad y es la hermana mayor para todos los niños y niñas que viven en Malayaka House. Todos la respetan, quieren y siguen su ejemplo. Viola mukuano: amiga Viola, así la llaman los niños.

 

Estos tres ejemplos no son solo ejemplos, son vidas, son niños reales, de carne y hueso, una prueba de que merece la pena ayudar a los niños olvidados. Nuestra llamada a la acción para que todos los niños del mundo tengan la oportunidad de vivir, de desarrollarse, de crecer, de hacerse buenas personas, de tener una educación, un trabajo, UN FUTURO.

Por todos los niñ@s que tienen todo esto, por todos los que no lo tienen pero lo tendrán, y sobre todo por aquellos que nunca lo tendrían sin nuestra ayuda, son por los que luchamos desde Malayaka House.

¡Feliz Día del Niñ@!

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Patricia

Ayer nuestra pitufa, nuestra gordita, nuestra Patu, cumplió 3 añitos.

Con Marta y Prado, que están otra vez en Uganda, recordábamos ayer el día en que llegó. El bebé más pequeño que he visto en mi vida (pesaba un kilo) y el caso más extremo que hemos tenido en Malayaka House.

A mí Patricia me requetecambió la vida. El cambio vino dos años antes de que ella llegara, cuando decidí dejar mi trabajo y mi vida cómoda y sin mucho sentido en España, para venir a Malayaka House. El “requete” llegó con Patu, porque ayudé a salvarle la vida. Y eso fue sin duda mucho más de lo que había hecho, todo junto, en mis anteriores 40 años de existencia.

Salvarle la vida significó que la mía estaba ya unida para siempre a la suya. Y que quería vivir lo máximo posible cerca de ella, y verla crecer y ser testigo de en lo que se iba convirtiendo esa niña tan especial para mí.

Patu me dejó cuidar de ella, y empezar a ser su auntie. Me dejó que le diera de comer por una sonda, que le cambiara los pañales, que durmiera con ella, que la mimara y que la viera ir ganando peso y creciendo. Y nos fuimos haciendo amigas, confidentes, y lo más parecido a inseparables que se puede ser cuando uno tiene que salir del país cada 3 meses.

Patricia no es un milagro, es el producto del cariño, de las ganas de vivir y del trabajo en equipo. Y del infinito amor que las aunties y el resto de los niños de Malayaka House, Uncle Robert y Auntie Bea sentimos por ella.

Tiene una personalidad especial, le encanta bailar, cantar y reír. Y es lista. Y gamberra. Se gana el corazón de todos los que pasan por casa. Patricia perdió a su madre cuando nació, pero a los cuatro días ganó la familia más especial y más grande de Uganda, y sabe agradecerlo cada día.

El sábado envié fotos a mis papis, hermana y tía Merche en España y les dije que ver crecer a Patu era la razón, entre otras cuarenta y pico más, por la que no estaba con ellos allí, y me estaba perdiendo ver a mis sobris crecer. Y no os voy a negar que las echo mucho de menos pero Sofía ya sabe y ve normal que su tía tenga a “sus niños” en Uganda, que viva allí, y que me vea de vez en cuando en el ipad y los meses contados en los que vuelvo.

Mi sueño es que algún día Sofía venga a Uganda a conocer a Patu (y al resto) y por qué no, que Patu vaya a conocerla a ella a España. Y aprendan la una de la otra.

¡Feliz cumple, preciosa!

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Una MENDIGA en las CALLES de ENTEBBE

Se llama Jennifer y su historia me ha hecho volver a querer escribir. Que no es que quisiera dejarlo, es que no me da la vida para escribir tan a menudo como me gustaría, porque la verdad es que historias aquí, en Uganda, hay para contaros todos los días.

Hace más de 3 años, auntie Anna se fijó en una mujer mendiga que vivía en las calles de Entebbe, en frente del mercado de frutas y verduras, con un bebé. Anna es una alemana que estuvo viviendo en Uganda 7 años, se involucró con varios orfanatos, entre ellos Malayaka House, y acabó adoptando a una pequeñaja que ya no lo es tanto, que ahora vive con ella en Alemania. Su hija Ruthi ha sido una más en Malayaka House, y auntie Anna una de esas súper mujeres con poderes, que no ha dejado de ayudar en Uganda desde que pisó este país.

Anna vio a la mujer y evidentemente, se preocupó de que tuviera un bebé viviendo en la calle, pero se preocupó aún más cuando se dio cuenta de que la mujer era una enferma mental. Durante días la observó y preguntó a los trabajadores de los comercios de alrededor por ella. Todos la conocían y todos estaban preocupados también, pero nadie hacia nada.

Anna trajo su preocupación a Malayaka House, y decidimos actuar. Hicimos lo que hay que hacer en Uganda y es ir a la Policía a denunciar el hecho. Ellos decidieron que la madre no podía cuidar de ese niño, e intervinieron, durmiendo a la madre, quitándole al niño, y dándonos al pequeño.

Este pequeño es Davu, al que todos ya seguro conocéis, porque lleva con nosotros desde mayo de 2015. Recuerdo que llegó a Malayaka House la víspera de una de las veces que yo me volvía a España. Lo recuerdo con el pelo sucio y desordenado, pero rechoncho, bien alimentado por una madre que sin que fuese culpa suya, se había quedado sin él.

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Dave cuando llegó a  Malayaka House

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 Dave ahora

Decidimos con la Policía que la madre debería ir al hospital mental de Kampala, Butabika, y ahí la llevamos junto con dos oficiales que hicieron todo lo posible por calmarla. Lloraba desconsoladamente porque le habían quitado a su bebé, y solo repetía dos palabras, que ya no recuerdo cuáles eran, pero una era de donde venía y la otra, cómo llamaba al bebé.

A los pocos días, estaba de vuelta en las calles de Entebbe. Sin el bebé, claro, que estaba con nosotros.

Hace 3 semanas, tristemente la misma historia se repetía. Otra mendiga en las calles de Entebbe, enferma mental, con un bebé en sus brazos. Otra vez nosotros avisando a la Policía, otra vez quitándole el bebé, y otra vez llevándola a Butabika, otra vez llorando desconsolada, otra vez el bebé en Malayaka House, y de nuevo ella escapándose del hospital y de vuelta a las calles de Entebbe.

¿Y sabéis que es más triste aún? Que esta mujer es la misma mujer de hace tres años, y se llama Jennifer. Pero ¿sabéis qué? Esta vez no la vamos a dejar sola, y vamos a cuidar de su bebé, pero también de ella. Porque no es justo que una mujer inocente, enferma mental, sin poder elegir libremente si quiere tener hijos o no, se quede embarazada dos veces (y quien sabe cuantas más antes de que apareciera en nuestras vidas) producto posiblemente de violaciones continuas. No es justo ni para ella, ni para los hijos que ella trae al mundo.

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Jennifer cuando llegó al hospital mental, llorando desconsolado por su bebé

Como hacemos con todos los niños que nos llegan, llevamos al bebé al hospital para un chequeo, y para hacer la prueba de VIH. Auntie Winnie recibió la terrible noticia de que el test era positivo. Pero los médicos recomendaron hacer otra prueba, más fiable en bebés, y mucho más cara, para confirmar el resultado, que no tendríamos hasta pasadas dos semanas.

En el hospital mental, hicieron la prueba a la madre, y el resultado salió positivo. Jennifer no solo tiene lo que tiene, si no que además el hijo (o los hijos) de la gran p*** (sorry, papá) que la violaba(n) también le han contagiado el virus del sida. ¡Qué vida ésta!

Cuando Winnie me llamó yo estaba haciendo de “guía” con mi padre y sus amigos, que les habíamos llevado de safari, así que no estaba en Entebbe. Cuando me contó que el primer test salió positivo, y el de la madre también, me entró el pánico por Dave. Sabía que había dado negativo en su día, pero.. ¿¿y sí…?? Le pedí a Winnie que se fuera a la clínica con Dave porsiacaso y hasta que me confirmaron que volvió a salir negativo… pasé un par de horas de con un nudo tremendo en el estómago. ¡¡Menos mal!!

Con este panorama, el miércoles de la semana pasada, nos llamaron para recoger los resultados de test del baby. Al que por cierto hemos decido llamar Peter Davis Malayaka. Peter por Peter, un amigo y colaborador holandés, bueno donde los haya, que nos ayuda y sueña con nosotros en el terreno de Fort Portal; Davis porque es como le llama su madre, y Malayaka por razones evidentes.

Pues bien, fui al hospi a por el resultado convencida de que iba a ser positivo, y ya pensando en cómo sería el tratamiento para bebés… Cuando abrí el sobre lo tuve que leer varias veces y casi abrazo y beso al técnico del laboratorio… el resultado para Peter Davis Malayaka era NEGATIVO!!!!! Pelos de punta, emoción, alivio… era negativo!!!! Una posibilidad entre miles de que esto pasara, y ahí estaba… baby Peter no es seropositivo, si no ¡un suertudo y un campeón! ¡Yuhuuuu!

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Con los pelos de punta otra vez al recordarlo, permitidme que vuelva a la madre, a la que por segunda vez (bueno en realidad, tercera) llevamos de vuelta al hospital mental. Esta vez se queda en la parte privada y con una cuidadora que está con ella las 24 horas del día. Para que no se escape, pero también para darle cariño, para cuidarla como no la han cuidado nunca y para asegurarse de que Jennifer recibe la medicación correcta para curarse algún día.

El viernes pasado fui con Winnie a ver a Jennifer. En casi 6 años que llevo viviendo en Uganda he visto muchas cosas ya, pero nada como eso. Y aún así, tengo que deciros que para ser un país africano en desarrollo, el hospital estaba a la altura de un centro digno y organizado. El problema era la soledad de todas aquellas mujeres que vi, todas ellas enfermas mentales, con familiares que no quieren o no pueden ocuparse de ellas ni visitarlas, ni enviarles dinero para comer decentemente, ni supervisar que la medicación es la correcta para algún día salir de allí… Mujeres sedadas para que no den problemas, fantasmas deambulando en un lugar que las atrapa.

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Winnie con Jennifer, que tiene mucho mejor aspecto

Esperé con Olivia, la cuidadora de Jennifer que hemos contratado, a ver a los médicos. Hasta que me atendieron se me acercaron varias mujeres, que me tocaban, que me pedían dinero, comida… con un gesto cansado, con un hedor potente a orina o a falta de limpieza… algunas me contaban, en su lengua claro, que su familia no las quería, otras me llamaban mzungu con mucha rabia, otras simplemente me miraban sin reaccionar y la que estaba delante de mi en la cola para ver a los médicos, no hacía nada porque estaba ida, tirada en el suelo, sucia, y los médicos evaluándola así.

La situación me pudo, aunque intentaba mantenerme erguida, siempre sonriendo, y tratando de ser amable con todas aquellas mujeres abandonadas. Ays q alegría cuando los médicos me recibieron y pude irme a  ver a Jennifer a su propio cuarto. Cuando salimos, Winnie me dijo, “auntie Bea quiero que veas el dormitorio general donde duermen todas estas mujeres”. Le dije que había visto suficiente. No podía con más.

Mi más sincera admiración por las cuidadoras, enfermeras y médicos que trabajan en este hospital. Lo que hacen creo que hay muy poca gente en el mundo que pueda hacerlo.

La nota positiva es que Jennifer estaba muy bien cuidada y atendida por Olivia, una super mujer con una sonrisa perfecta, alegre, que está haciendo un trabajo extraordinario.

Los médicos me dijeron que creen que Jennifer tiene esquizofrenia y que quieren que se quede allí por lo menos un par de semanas más. También me dijeron que en Uganda no hay ninguna clínica, aunque sea privada, que se ocupe de pacientes con enfermedades mentales.

Así que, la verdad, que todavía no sabemos qué hacer con ella cuando salga. Olivia se ha ofrecido a cuidar de ella si le pagamos, claro, y corremos nosotros con todos los gastos. Pensábamos que teníamos un sitio donde llevarla, pero finalmente nos han confirmado que no es su “terreno”… Iremos viendo.

¿Lo bueno? Jennifer no está sola. Ni Baby Peter y Dave. Ni nosotros tampoco. Peter, nuestro amigo holandés, se ha ofrecido a pagar los gastos hospitalarios. La familia de Inés, una vez más, se ha reunido para aportar su miguita de pan y con eso hemos podido pagar el hospital en estas primeras semanas.

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Baby Peter Davis Malayaka crece cada día

Poquito a poco, intentando corregir lo que sale mal en la vida de personas que no lo merecen y que nos necesitan, vamos, entre todos, ayudándoles a sobrevivir, a vivir decentemente. Porque ellos no son distintos a nosotros, la diferencia es que no han tenido la misma suerte. Mi lección aprendida: no hay que dejarles solos. El otro día alguien que nos ha ayudado me dijo: “La pena no soluciona los problemas”. Totalmente de acuerdo.

Si queréis echar una mano: https://www.malayakahouse.es/como-ayudar/

 

¡Gracias!

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Baby Sam y sus 6 mesecitos

Han pasado ya seis meses desde que Baby Sam llegó a nuestra casa, y todavía recuerdo como si fuera ayer, su mirada tierna de aquel 18 de julio, que fue el primer día de su vida.

Como todos los que llegan, Sam fue y es una bendición para todos los que vivimos en la casa de acogida en Uganda. Es un regalo.

Sam no estaría vivo si no fuera porque el vecino del barrio donde su madre le abandonó le sacó de la bolsa de basura, pero tampoco lo estaría si no fuera por vuestra ayuda. Los que me leéis, colaboráis, de una u otra forma, para que el destino injusto de niños en países africanos, en nuestro caso, Uganda, giren 360º y apunten, de pronto, hacia el final feliz.

                                                                                              Sam en su primera semana de edad, cuando pesaba 2 kg 

Feliz es nuestro baby Samu: 6 meses de amor, cuidados, mimos, leche rica, 5 aunties, 37 hermanos y hermanas que le adoran, y voluntarios dispuestos a acunarle cuando y dónde quiera. Sam es un bebé bueno, solo llora cuando tiene hambre, y se porta muy bien. Es como si no quisiera nunca molestar y estuviera agradecido de estar vivito y coleando.

Con Sam acogemos en Malayaka House a 38 niños. Salvo Malayaka, con la que empezó este bonito sueño, ha sido el único que ha llegado recién nacido. Es nuestro bebé y le queremos tanto tanto tanto como si hubiéramos decidido, entre todos, traerle al mundo.

No tiene madre ni padre, pero tiene una gran familia. Y tener una familia permite al ser humano arraigarse en este mundo, tener un lugar, un hogar, una identidad, una pertenencia. Sam tiene una tribu: Malayaka House.

A Sam le espera un futuro lleno de oportunidades: no le faltará comida, ni atención médica cuando se ponga malito, irá al cole a aprender mucho, ayudará en casa con la granja y el huerto, jugará hasta decir basta, y de mayor, si hay suerte, irá a la Uni como su hermana mayor, Viola. Y con más suerte aún, será un hombre de gran corazón que respetará a sus conciudadanos.

Sam hoy, a sus 6 mesecitos 

Este futuro prometedor es para Sam gracias a que hay gente buena en el mundo. Gracias a no solo adultos, si no a niños, como Kamy, que piden a Papa Noël y a los Reyes Magos que se acuerden de los niños de Malayaka House y traigan regalos también para ellos. Son estos niños y niñas los que cambian y seguirán cambiando el futuro de niños como los nuestros, que no tienen padres ni madres, ni reyes magos que se ocupen de ellos, pero sí amiguitos en España que están siendo educados en los buenos valores y en la solidaridad. No encuentro que haya nada más bonito que esto.

Felicidades por tus 6 meses, Baby Samu, algún día entenderás que tener gente que te quiere, en Uganda, y fuera de Uganda, es lo importante de esta vida y lo que llena el corazón.

I love you, baby boy!

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VIOLA UNIVERSITARIA

Llevo días y más días a ver si encuentro el momento de sentarme a escribir sobre la preciosa Viola (pronunciado “Vaiola”) y el orgullo que me sale por los poros, y ha tenido que ser al volver de nuevo a España, y aprovechar los momentos de avión y aeropuertos, para sentarme a contaros sobre la que es una de las personas más especiales de mi vida.

Voy a empezar por el final. Viola empezó la universidad el pasado agosto, y es la primera de nuestros niños en llegar “tan lejos”.

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Fue la tercera niña que el destino puso en el camino de Robert en esta bonita aventura que es Malayaka House. Llegó por accidente, y nunca mejor dicho, porque iba montada en un “boda” (ya os he hablado de las motos que hacen las veces de taxi) que colisionó cuando era de noche con un coche, con el tobillo de Viola entre medias. El resultado, una herida enorme, y una niña sola y asustada en una comisaría de policía.

Robert fue alertado por el comisario para ver si podía hacerse cargo de ella hasta que se pusiera mejor y encontraran a su familia. Y por supuesto lo hizo, para llevarla a su habitación de hotel, donde Malayaka y Bobo les estaban esperando. Con ese trío calavera, y para salir de la habitación de hotel, alquiló una casa en Entebbe, y ello dio comienzo a Malayaka House.

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Viola cuidó de Bobo, Malayaka y de los más de 20 que han ido llegando a lo largo de todos estos años. Viola es Viola Mukuano, amiga Viola. Amiga y hermana mayor, para siempre…

Durante semanas Robert tenía que ayudar a Viola a moverse, hasta que su tobillo se recuperó y pudo comenzar a ir al colegio. Primaria, y profesores que todavía hoy recuerdan a esa niña orgullosos. Secundaria en Entebbe Secondary School, y luego interna en Merryland año y medio. Mucho esfuerzo, horas de estudio, aguantar golpes (ya sabéis que en Uganda todavía los profesores tienen la mano muy larga…), copiar mil hojas de apuntes… y por fin, Viola termina “S6”, algo que solo consigue un pequeño porcentaje de la población ugandesa.

Bienvenida al futuro.

Viola siempre había querido ser piloto. Ése era su sueño, y creo que lo seguirá siendo siempre. Pero en una de realismo ugandés – ¡qué remedio! – se dio cuenta de que “no way” Malayaka House podía permitirse pagar para que fuera piloto, y “no way” sus notas daban para eso… así que un buen día, cuando todavía cursaba el último curso de secundaria, nos dijo que quería ir a la universidad a estudiar Trabajo Social.

¡Buenísimas noticias! Que oye pensar que Viola un día gestione Malayaka House igual es mucho soñar, pero por lo menos si empieza algo que tiene un poco que ver, “vamos por el buen camino”. Desde luego no puedo pensar en nadie mejor que ella para hacerlo.

Un día lo hablábamos y me dijo “¿Crees que seré capaz? Auntie, yo no sé mandar”. Eso se aprende Violita mía, lo importante es que tienes un corazón bueno, y te preocupas por los demás.

Viola es Viola, qué más puedo decir. Todo el que la conoce se enamora de ella. Y no solo porque tiene la sonrisa más bonita del mundo, también porque es dulce, sensible, siempre está de buen rollo, nunca critica, siempre ve el lado bueno y positivo de las cosas, no entra en cotilleos de “mujeres”- ¡lo cual se agradece enormemente en una casa en la que somos tantas! -, todo el mundo la respeta, la quiere, la escucha… Su relación con los niños es perfecta y tiene cariño para repartir entre todos en Malayaka House, y ellos la adoran.

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Desde hace unos meses, Viola se encarga también de organizar Pizza Night, que no es moco de pavo. Y está encantada, y yo con ella. Porque es fácil de llevar, porque escucha, porque se esfuerza, porque se entiende con todo el mundo, porque trabaja duro… porque tiene ganas de aprender, y aprende cada día.

Cuando empezamos las gestiones en la uni, estaba cagada. Me dijo “auntie, el corazón me va a mil”. Todavía le faltan esas tablas de apañarse sola fuera de su “zona de confort”, pero como aprende rápido, irá encontrando su camino poco a poco.

Un abogado alemán se ha comprometido a ayudar con sus estudios hasta que termine la carrera. Tres años. Él no va a leer esto, evidentemente, pero yo aún así se lo agradezco.

Y es que aunque ir a la Universidad no signifique encontrar un trabajo en un país como Uganda, para Malayaka House, para nuestros niños, para nuestro futuro… es muy importante que uno haya comenzado a andar el camino, y es más importante aún que haya sido Viola, que para todos es un ejemplo a seguir. Nuestra casa, el hogar de nuestros niños es lo que es, en mucha parte, gracias a ella.

Viola es mi chica, mi amiga, mi consejera, mi niña especial… mi turururu Viola, ¡te quiero mil millones y otros mil más!

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BABY SAM

Estoy embarazada 9 meses, doy a luz, meto al bebé en una bolsa de basura con el cordón umbilical y sin limpiarlo, y lo tiro a una valla donde hay escombros y donde espero nadie me vea. Y sí, si se muere mejor, menos problemas. Luego vuelvo a mi vida de mierda sin mirar atrás, total para qué? Igual de vuelta a “la calle”? O a la pareja que no quiere a mi bebé? Mi vida será más fácil sin un bebé, o sin un bebé más sumado a los hijos que ya tengo y no puedo cuidar porque su padre (o padres) no me ayudan y/o me han abandonado … Total, lo tiro, me olvido, y no tengo que hacer frente a los gastos que acarrea, para los que no tengo dinero ni forma de encontrarlo porque es muy difícil encontrar trabajo…

He intentado recrear en mi cabeza, pensar y ponerme en la situación de una mujer que tira a su hijo a la basura. Imposible. En cierta forma me gustaría conocerla y hablar con ella para entenderlo. Pero claro, eso no va a pasar nunca. Y ella nunca sabrá si su bebé ha sobrevivido o no. Qué pena, no?

Sam llegó a nuestras manos el 18 de julio de 2017 con tan solo unas horas de vida. La rápida actuación de la policía y de nuestros trabajadores sociales y cómo no, de nuestra súper auntie, Auntie Winnie, le permitió seguir en este mundo, contra todo pronóstico.

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Cuando llegó a Malayaka House estaba helado. Literalmente. Inmediatamente lo llevamos a la clínica de Entebbe en la que últimamente confiamos. El médico lo puso en la incubadora para darle calor. 31ºC. Después de ponerle una cánula y quitarle de entre las nalgas un trozo negro de bolsa de basura, la misma que fue su “carta de bienvenida” a este mundo.

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Estuvimos 3 días en la clínica Emmanuel, donde nuestro querido Dr. Muganga lideró el tratamiento del pequeño. Antibiótico en vena durante todo este periodo, y después otros 7 días de forma oral. Sam, además de estar heladito, pesaba solo 2 kilos. Hoy pesa 2,9 e igual mientras escribo ya ha ganado los 100 gramos que le faltan para llegar a los 3.

Una vez en su nuevo hogar, Malayaka House, le metimos en nuestra “enfermería” y comenzamos con los turnos. Todas las aunties, incluida yo, todo el tiempo con él, apuntando cuando come, cuando caga y cuando hace pis.

Compramos el gorrito, los guantecitos, los calcetinitos, y todos los “itos” necesarios para darle al bebé su vida de vuelta. Leche, bibe, mantas, ropita, pañales… todo listo para nuestro baby Sam. Y sobre todo… muchos mimos.

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Esta vez el nombre no fue tan fácil, y nos costó ponernos de acuerdo. Dos días antes había fallecido Sam Owori, el que iba a ser presidente del Club Internacional de Rotaríos, de un ataque al corazón en Texas. Era un ejemplo y un orgullo para su Uganda.

Malayaka House no sería sostenible si no fuera por la ayuda que hemos recibido de distintos clubes de Rotarios de distintas partes del mundo, así que, Robert pensó, y ¿si les homenajeamos de esta manera? Dicho y hecho. Entre medias se perdió el nombre de Pablo que tanto nos hubiera gustado dedicar a Cris y Javier, y varias otras opciones descabelladas. Finalmente se llama Sam Owori Malayaka, y claro, va a ser un bebé feliz.

Sam cumplió ayer un mes y todavía es muy pequeñito.

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Todos en la casa le adoramos, y él nos hace sentir, mirándole a los ojos que, como dice Sara, un mundo mejor es posible: un mundo lleno de amor, de esperanza, de amistad, y de cariño. Un mundo donde ayudar a los otros sea posible. Un mundo donde la madre de Sam no se hubiera quedado embarazada si no podía cuidar de un bebé, y donde no lo hubiera tirado en una bolsa de basura. Un mundo donde existe Albert (nombre ficticio), que fue el vecino de la casa donde se tiró al bebé, y el único que tuvo los huevos, con perdón, de salvarlo. Un mundo donde Mary (nombre ficticio) es real, para que pudiera llevar a Sam a la clínica para que cortaran su cordón umbilical, le limpiaran, y le salvaran la vida. Un mundo donde Agnes, la oficial de policía que nos llamó, existe, y donde Malayaka House existe para devolver a niños abandonados el futuro que nunca debería haberles haber sido robado.

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Hace 4 años que vivo aquí, me han pasado un millón de cosas, pero no hay nada que equipare la paz, y cómo se le llena el corazón a una, que ser partícipe en salvar una vida. Este mérito no es mío, es de Robert, de las aunties, de los voluntarios, del resto de niños, hermanos y hermanas de Sam, pero sobre todo de todas las personas que nos ayudáis aportando vuestro granito de arena (vosotros sabéis quienes sois!) para hacer posible que hagamos lo que hacemos: salvar vidas. G-R-A-C-I-A-S.

Baby Sam y mi mano (y mi corazón y yo entera), os deseamos una feliz noche.

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SUPER AMINA

Amina llegó a Malayaka House cuando era tan solo un bebé, su madre murió en el parto. Nació con VIH porque su madre era seropositiva. Desde que llegó ha estado recibiendo tratamiento con antirretrovirales, que debilitan su sistema inmunológico, por lo que ha cogido todo tipo de catarros, diarreas e infecciones.

Amina nunca falta a su encuentro con las pastillas, y todas las mañanas y noches, coge su cajita y no se olvida de tomar su medicina.

Amina es una luchadora. Es valiente, feliz, dulce, tiene los ojos más grandes y expresivos del mundo, y cautiva a todos los que llegamos a Malayaka House con su vocecilla y su sonrisa.

A pesar de su enfermedad, Amina es una niña fuerte. Está delgadita pero trepa en los columpios como una monita, corre de un lado a otro de la casa, salta a la comba, y tiene más fuerza que yo. Esa misma fuerza es la que tira de ella para vivir cada día.

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Tiene 8 años y todavía no es muy consciente de su enfermedad. Ella sabe que algo hay porque tiene que tomarse la medicina cada día, y porque es la mimada de las aunties, y porque va al hospital una vez cada dos meses con la que es como su madre, Auntie Elisabeth.

En Uganda las estadísticas de SIDA y VIH dicen que hay un 7% de la población con el virus, pero no son estadísticas reales. Es imposible conocer con exactitud cuánta gente está infectada porque hay muchos hombres y mujeres que ni lo saben y comienzan a saberlo cuando el virus se hace enfermedad y los síntomas del SIDA se hacen evidentes. Y cuando mueren, nadie dice “murió de SIDA”, simplemente dicen, “murió porque estaba enfermo”.

Para los que lo saben y quieren poner remedio, el gobierno subvenciona la medicación en hospitales públicos financiados en parte por proyectos de Naciones Unidas u otros organismos internacionales. Amina va a un hospital que se llama Mildmay, que está bien organizado, y trata a muchos niños como ella.

Pero en Uganda hace falta, como os contaba con las mujeres, más educación al respecto. Con más educación, quizás (y digo quizás porque nunca se sabe) utilizarían preservativos. Si más tuvieran más cuidado, si más tuvieran acceso a la salud para hacerse un análisis, si más respetaran que su pareja no tiene por qué contagiarse también, si más se preocuparan por su salud y la de los que les rodean, si más miraran más al futuro y vivieran menos el día a día sin preocuparse de lo vendrá, si más... habría menos. Menos niños como Amina, que sin tener culpa ninguna, nacen con una enfermedad sin cura que les acompañará toda la vida.

Amina tiene la suerte de estar en Malayaka House, y es, a pesar de su enfermedad, una niña feliz. Estoy segura de que todos los que la conocéis estáis de acuerdo.

Hoy he decidido hablaros de ella porque el pasado martes tuvimos que volver a operarla de la enorme hernia umbilical que tenía.

Lo de la operación de Amina había rondado nuestra cabeza durante años, y tras hablarlo y requetehablarlo, y pedir la opinión de médicos ugandeses y españoles, nos decidimos a tirar para adelante el pasado febrero. Elegimos Corsu, un hospital fundado por médicos italianos, del que nos habían hablado bien. Es un bonito proyecto, y hospital de referencia para niños con discapacidad a los que operan gratis. Hay muchos que no pueden permitirse costearse la operación de sus hijos, y llegan a puñados de todas partes del país, contentos de saber que alguien va a ayudarles a no ser toda su vida discapacitados. Fue aquí también donde operaron a Mary cuando se quemó el brazo tras un ataque epiléptico – pero ésta es historia para otro día.

Vuelvo a la hernia, que me voy por las ramas. La de Amina no es considerada discapacidad, así que tuvimos que pagar la operación, al cambio, 250 euros. Pedí ayuda y en breve tuvimos el dinero. ¡Gracias a los que colaborasteis!

El día de la operación, el 6 de febrero, estábamos todos muertitos de miedo. Por más que los médicos nos aseguraron que tener VIH no tenía por qué ser un problema, no respiramos tranquilos hasta que salió de la operación. Pasé con auntie Elisabeth las 3 o 4 horas más lentas de mi vida, y cuando la vimos salir, ya despierta y con su carita preciosa, las dos la cogimos de la mano y le dijimos “curicayo” (que no sé cómo se deletrea, pero así suena, y significa “welcome back”).

El postoperatorio no fue fácil. El hospital deja mucho que desear, sobre todo para la mentalidad española de Auntie Bea (la suerte que tenemos, oiga!), y compartir la cama en un pabellón con otros como mínimo 80 pacientes, niños con todo tipo de operaciones y dolores, y madres que comen en cualquier sitio dejando todo tirado por el suelo, y olores, y quejidos, y llantos, y buscarse la vida para tener una mosquitera en condiciones, y médicos que no dan ningún tipo de explicación, y enfermeras que te dan la espalda y ni contestan cuando les preguntas…

En fin, que felices como unas perdices nos fuimos a casa al día siguiente de la operación. Le dolió durante días, pero a la semana estaba ya bien, y a las dos empezó a ir al cole otra vez.

Hace algo menos de dos semanas, cuando ya pensábamos que estaba todo acabado, Amina vino a mi cuarto (que es casi casi la enfermería de Malayaka House) y me dijo que le dolía el ombligo. Estaba duro como una piedra, cuando tenía que ser ya solo un pellejillo de piel estirada por años de hernia, y tenía como una bola dentro.

La llevé a la clínica a la que vamos a Entebbe – cuyo eslogan no es muy alentador para un atea empedernida como yo: “Our strength is in God” -, que más y más merece mi respeto, sobre todo si está el médico que parece que sabe lo que hace (una especie en extinción en Uganda), mi querido Doctor Muganga. Éste me dijo que la hernia había vuelto a abrirse, que había que volver a operar y que ahora la cosa era urgente. Me sugirió que su jefe, cirujano, podía operarla en la clínica.

Me cagué en todos los muertos de los médicos de Corsu, y en que la medicina no es siempre perfecta. Parece ser que la vez anterior no la operaron bien, porque en palabras de nuestra querida Rocío, una cirujana onubense que colabora con Malayaka House, las hernias pueden reabrirse, pero no con tan poco tiempo. Lo mismo opinaba Muganga. Y tenía que ser con Amina, joé!

Así que el martes de la semana pasada al “theatre”. Vuelta a pagar (Inés, tú y tu familia… ¡no tengo palabras!) y vuelta a los nervios y a ver la carita de preocupación de Amina… Menos mal que todo salió bien. Se despertó de la anestesia repitiendo “I want to go home”, y empezó a ser consciente cuando Uncle Robert le estaba prometiendo “ice cream and sweties”, Auntie Bea levarla a Anderita Beach a comer pizza, y Auntie Elisabeth tenía una gran sonrisa de alivio en su cara.

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Una semana después, está mucho mejor, y el postoperatorio ha sido mucho más fácil esta vez. En esta clínica teníamos nuestro propio cuarto y una atención profesional y personalizada. Todo un lujo.

Amina es, y dejadme que lo escriba en mayúsculas, UNA CAMPEONA. Su fuerza no deja de impresionarme, y lo mejor, contagiarme cada día. Un día antes de irme, su sonrisa con un trozo de pizza entre las manos, brillaba más que el sol reflejándose en el Lago Victoria, y mi corazón se llenaba de esta niña mágica. Amina niña dulce, Amina luchadora, Amina princesa de Malayaka House.

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